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sábado, 23 de octubre de 2010

AMLO ética y acción politica


López Obrador: ética y acción política

Rodrigo Ávila

Frente a la evidente descomposición que priva en la clase política mexicana, el movimiento que encabeza Andrés Manuel López Obrador apuesta a la ética como base de la acción y sitúa a la cultura no a la política como escenario del cambio verdadero.

El proyecto de un gobierno democrático, como el que plantea López Obrador, implica vencer inercias culturales como la corrupción, el influyentismo y la simulación.

El PRI, durante su largo régimen, logró reflejar sus vicios en la sociedad, de tal forma que la oposición política y la sociedad en su conjunto reprodujeron esos valores y los asumieron como parte del folklor nacional, convirtiendo así al país en una monumental película de ficheras.

De otra forma no podemos comprender el estado actual de las cosas donde un partido como Acción Nacional, profundamente ligado en sus orígenes a valores cristianos, terminara apropiándose de los usos y costumbres del priísmo que van del fraude electoral, pasan por la represión y culminan en el contubernio con la delincuencia organizada.

La cúpula del Partido de la Revolución Democrática tampoco es ajena a la cultura del priísmo: fraudes electorales, traición a los principios, prácticas clientelares, simulación y pactos inconfesables a cuenta del presupuesto federal son parte del corolario de virtudes que llevaron a este partido a la posibilidad de hacer alianzas con el PAN de cara a 2012.

Si la apuesta de Salinas luego de fraude del 88 fue consolidar en México un bipartidismo de derecha, después del fraude de 2006 el objetivo es consolidar una clase política, incluyendo a un sector del PRD, para aparentar una normalidad democrática inexistente.

La estrategia es simple: simular un consenso que incluya a la “izquierda” para establecer un estado autoritario que permita sostener ni siquiera algo tan abstracto como el régimen neoliberal, sino los privilegios de un sector. Hay que decir que la oligarquía nacional no ha dejado de ser una simple realeza pulquera con prácticas aldeanas.

La actual es una época de tristeza. Sumida en la crisis económica, la sociedad ve día a día cómo la clase política se pudre junto con el país. Se necesita crear una perspectiva de cambio en la sociedad.

De ahí que López Obrador relance al movimiento poniendo a la ética como primer punto de su agenda para diferenciarse de la decadencia política. Si bien la estrategia tiene como objetivo de ganar terreno en amplios sectores del electorado, va más allá.

La nueva etapa del movimiento exige a sus militantes y simpatizantes algo más que el compromiso formal del activista, porque vencer al PRIAN implica principalmente desterrar su cultura decadente de nuestra convivencia social.

Debemos asumir que machismo es el PRIAN, que homofobia es el PRIAN, que violencia contra las mujeres es el PRIAN, que violencia contra niñas y niños es el PRIAN, que agandalle es el PRIAN, que delincuencia es el PRIAN; que oponerse a lo que representan esos partidos no es sólo votar en contra sino desechar su cultura de nuestras relaciones sociales.

Sino no lo logramos, el movimiento puede ganar la presidencia pero perder al país. De nada sirven un hombre o una mujer virtuosos en el poder si gobiernan un pueblo corrompido y sin voluntad de cambio, por eso las transformaciones deben hacerse desde abajo y con la gente.

El mensaje de AMLO a sus seguidores en esta nueva etapa es simple: un buen activista es un buen ciudadano. Por eso los exhorta a “no mentir, a no robar y a no traicionar”.

El plan de AMLO también abarca la reconciliación nacional que debe partir del acuerdo entre ciudadanas y ciudadanos no del arreglo entre las élites, como lo proponen quienes defienden las alianzas con la derecha.

La sociedad mexicana en su conjunto ha sido agraviada: desde la comunidad empresarial honrada hasta las y los trabajadores sufren a diario las decisiones y corruptelas de los políticos, más allá de sus colores o disfraces.

Darle un talante virtuoso a esa inconformidad acumulada implica rebasar barreras partidistas, étnicas, religiosas, sociales, de género, sexuales y de clase.

“Besos recogerá quien siembra besos”, dijo románticamente AMLO en el zócalo para enunciar lo muchas veces expuesto: los adversarios del movimiento no son quienes de buena voluntad votaron por PRI o PAN, ni las bases de esos partidos, que han sido igualmente lastimadas por el neoliberalismo y los privilegios de la oligarquía.

La mafia nos robó la presidencia, por supuesto, pero a diario quita el pan de la mesa de los trabajadores, lesionan las aspiraciones de la clase media, destruyen el futuro de jóvenes y niños. No importan las convicciones políticas de la gente, la mafia perjudica a todos en su loco intento por mantener privilegios.

Por eso, a la guerra hay que oponer la paz, ante el odio convertido en política económica hay que proponer el amor y la esperanza, a la división hay que vencerla con la unidad. Esos son los símbolos que acompañarán al movimiento rumbo al 2012. La pesadilla puede terminar si lo queremos.


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