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jueves, 4 de noviembre de 2010

72 migrantes

72 migrantes

José Gil Olmos
PROCESO
MÉXICO, D.F., 3 de noviembre (apro).-


 “Buenos días memoria terca…”, así inicia uno de los tantos poemas que escribió Jaime Sabines y que ahora podemos retomar para hablar del homenaje que recibieron los 72 inmigrantes centro y sudamericanos que fueron asesinados en Tamaulipas, y cuyos verdaderos responsables siguen gozando de la impunidad.

         El 23 de agosto pasado fueron encontrados los cuerpos masacrados de 58 hombres y 14 mujeres en el rancho de San Fernando, Tamaulipas. Eran inmigrantes que, de acuerdo con un sobreviviente, se negaron a trabajar como sicarios para Los Zetas y por ello fueron ejecutados a mansalva.

La noticia de la matanza fue conocida internacionalmente y generó repudio y condenas. Pero no pasaron muchos días para que esta terrible acción fuera sepultada por otro alud de matanzas ocurridas en otros lados del país.

Ante el riesgo de caer en el olvido o, aún peor, en el hartazgo de la violencia cotidiana, la periodista mexicana Alma Guillermo Prieto lanzó una convocatoria para construir un altar virtual y, posteriormente,  una ofrenda, en memoria de los 72 inmigrantes asesinados por Los Zetas. Se trataba de un homenaje y de un llamado a la memoria contra el olvido.

La respuesta fue inmediata. Fotógrafos, periodistas, diseñadores, músicos y escritores enviaron sus trabajos, que dieron forma a la página http://www.72migrantes.com/ en la que se puede ver y leer un poco de la historia de cada uno de los asesinados o lo que evocaron a quienes escribieron sobre ellos, sin tener siquiera su nombre registrado, pues hasta la fecha muchos de ellos no han sido identificados.

La página electrónica es una “capilla virtual” dedicada a la memoria de los 72 inmigrantes que dejaron a sus familias en Honduras, Ecuador, El Salvador, Guatemala y Brasil, en busca de una mejor situación de vida en Estados Unidos, para lo cual tuvieron que atravesar el territorio mexicano, donde la mayoría de inmigrantes son presa de asesinatos, asaltos, violaciones y expoliaciones de policías y delincuentes que, como aves de rapiña, los esperan en puntos estratégicos para atraparlos.

Aunque la periodista mexicana, que ha escrito principalmente para el diario The New Yorker y ha colaborado en The Washington Post y The New Yorker Review of Books, no es proclive al uso del internet, en esta ocasión lo utilizó para difundir lo más ampliamente posible la iniciativa de dar vida y rostro a los 72 inmigrantes sacrificados.

"Tal vez porque pasé tantos años en Centroamérica y la gran mayoría de los que murieron eran de Honduras, El Salvador y Guatemala, esta masacre, entre tantas otras, me afectó particularmente. Pasé una semana muerta de rabia y dolor. Pensé en hacer un altar y opté por algo que se pudiera armar rápido. Lo más flexible era internet. Me puse a pensar cómo reproducir los elementos de un altar de muertos en un medio electrónico: música, fotos, flores y el tiempo que uno pasa frente al altar recordando a los seres queridos", explicó en una entrevista la narradora mexicana.

El dolor  ante la inusitada matanza –una de las expresiones de la guerra contra el narcotráfico declarada por el gobierno mexicano– y la necesidad de no quedarse mudo ante este hecho atroz contagiaron, sobre todo, a reporteros mexicanos que incluso sin tener información suficiente, escribieron historias, biografías imaginarias, testimonios y condolencias dedicadas a cada una de las víctimas.

Pero la necesidad de no olvidar fue lo que motivó, sobre todo, la creación de esta página en el ciberspacio, así como la instalación de una ofrenda en su memoria en la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal, donde se colocaron las imágenes de algunos de los masacrados que han sido identificados, así como las historias de 29 aún no reconocidos.

En lo que a mi respecta, escribí una pequeña historia dedicada al guatemalteco Santos Enrique Agustín Hernández, de 41 años de edad, originario de una de las zonas más bellas de ese país, conocida como Izabal.

La historia de Santos Enrique es como la de millones de personas que en todo el mundo buscan un mejor lugar para vivir y que muchas veces se quedan en el camino.

Esta migración de pobres es la expresión más clara del fracaso de este modelo económico neoliberal basado en la individualidad y en la comercialización salvaje de mercancías y personas.
En esta ocasión quiero dedicarle un espacio a la historia que escribí sobre el inmigrante guatemalteco que cayó presa del crimen organizado, cuando sólo buscaba una mejor vida.

Cuando el tren inicia su marcha hacia el norte en Arriaga, Chiapas, las ruedas metálicas comienzan a rechinar infernalmente. Primero se sacude la bestia de acero, y los migrantes que van empotrados en su lomo se aferran como pueden, jugándose la vida. Luego brama y se empieza a mover, y con un agudo silbido rompe el silencio nocturno a cientos de kilómetros de Izabal, Guatemala, de donde era oriundo Santos Enrique.

Los migrantes centroamericanos son como los salmones que nadan río arriba, siempre a contracorriente, siempre escabullendo del peligro de ser atrapados, siempre buscando un remanso y un mejor lugar para vivir y reproducirse.

Santos había dejado atrás las montañas, selvas y ríos que hacen de su pueblo uno de los más hermosos de su país; atrás quedó también el lago al que los vascos le pusieron Izabal, y las playas de arena blanca que tanto buscan los turistas, hechizados por los apacibles manatíes.

El sueño de ir al norte le había atraído desde joven, y a sus 41 años seguía siendo su ilusión. Por eso dejaba las mejores tierras de su querida Guatemala, para hacer realidad su sueño, como muchos miles de centroamericanos que han montado la bestia de acero que atraviesa el infierno mexicano.
Cruzó esta vez la frontera a contracorriente. Siempre a contracorriente, Santos miraba hacia el norte como un faro en la oscuridad. Sólo que ya no pudo alcanzar el otro lado del río. Unas balas lo cegaron.

La noche del 24 de septiembre era lluviosa en el valle de Ciudad de Guatemala. Los torrentes aguaceros no dejaban que el avión aterrizara. Por fin tocó pista en las instalaciones de la Fuerza Aérea Guatemalteca, donde los esperaban el presidente y una escolta militar.

Santos Enrique nunca pensó tener una recepción tan importante al regresar a su tierra. Esa noche ya no hubo lágrimas ni despedidas, tampoco aulló la bestia de acero antes de empezar su marcha. Esta vez hubo banderas e himnos, medallas y condecoraciones en su honor. Era un héroe, un migrante convertido en héroe, pero su familia fue a recibirlo en un ataúd cubierto de flores.

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