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jueves, 30 de abril de 2020

El Rey Pico de Loro



EL REY PICO DE LORO


Un rey tenía una hija maravillosamente bella, pero al mismo tiempo altanera y llena de orgullo. A todos los pretendientes que se presentaron los rechazó con desprecio. Entonces su padre dispuso una gran fiesta y reunió en la sala más grande de palacio a todos aquellos que, atraídos por un anuncio que había hecho publicar, tenían aún atrevimiento para aspirar a la mano de una princesa tan altiva como bellamente agraciada.
Los pretendientes estaban colocados según su categoría: primero los reyes, después los príncipes, duques, condes y por último los gentileshombres.
El rey hizo llamar a su hija para que escogiera marido entre ellos, y ella les pasó revista a todos, y los rechazó con desdén: ni uno siquiera fue de su agrado.
-¡Qué tonel! -exclamó a la vista de un príncipe que era muy corpulento-. ¡Vaya una espingarda! -dijo al mirar a un duque alto y delgado-. ¡Parece usted un ladrillo! -dijo a un bravo conde que tenía los colores algo fuertes; y así con los demás.
Pero del que más se burló y más despiadadamente, fue de un rey que tenía la barba algo saliente.
-¡Qué cara tan horrible! -dijo ella riendo-. ¡Tiene la barbilla como el pico de un loro!
Y al joven rey le quedó el mote de Pico de loro.
El padre de la princesa, cuando vio que su hija desdeñaba a todos los pretendientes, montó en cólera y juró que la casaría con el primer mendigo que se presentara ante las puertas de su palacio.
Dos días después un infeliz tocador de guitarra fue allí a pedir limosna. El rey le hizo conducir a su presencia, al mismo tiempo que mandaba llamar a su hija.
El mendigo, que vestía un traje hecho jirones, tocó dos o tres piezas.
Tu música me ha gustado tanto -dijo el rey-, que te caso con mi hija.
Inútil fue que la princesa llorase y gritase; el rey, mostrando gran fortaleza de carácter, permaneció inflexible en su decisión.
-Lo he jurado -dijo-. Al ver que despreciabas a los reyes más poderosos, juré que te casaría con el primer mendigo que llegase.
Y, en efecto, se llamó al cura y se celebró el matrimonio en el acto- Después de la ceremonia, el rey dijo a su hija:
-Aquí no tienes nada que hacer, tu deber es seguir a tu marido; conque, buen viaje.
El mendigo se llevó a su mujer, que triste y desolada iba detrás de su marido. Atravesaron un gran bosque y la princesa preguntó:
-¿De quién es esto?
-Del rey Pico de loro.
-¡Ay de mí! ¿Por qué no me habré casado con él? -murmuró tristemente.
Después llegaron a una inmensa llanura donde los campos cubiertos de mieses se extendían hasta perderse de vista.
-¿De quién es esta hermosa posesión? -volvió a preguntar la princesa.
-Del rey Pico de loro.
-¡Ay de mí! ¿Por qué no me habré casado con él?
Pasaron luego junto a una grande y hermosa ciudad.
-¿A quién pertenece esta hermosa población? -preguntó ella.
-Al rey Pico de loro.
-¡Ay de mí! ¿Por qué no seré yo su mujer?
-Oye -dijo el mendigo-, ya has acabado de lamentarte. Tu marido soy yo ahora, y esas quejas me molestan soberanamente; que no vuelva a oírtelas.
Por último llegaron a una cabaña de miserable apariencia, y el mendigo se detuvo.
-¿Dónde estamos? -preguntó la princesa.
-En nuestra casa -contestó él-; ésta es mi habitación.
-Pero no veo tus criados.
-¡Criados! No tengo ninguno. Hasta aquí me servía yo mismo; pero ahora te encargarás tú de hacerlo. Vamos, enciende la lumbre y pon agua para hacer la comida, porque tengo un hambre espantosa.
Pero la princesa, que no había hecho en su vida más que algunos bordados, no sabía cómo arreglarse, y el mendigo tuvo que decirle lo que tenía que hacer, y aun con eso se dio tan mala maña, que el pobre hombre tuvo que hacer la comida. Después, rendidos por la fatiga se acostaron.
Al amanecer despertó a la princesa, que habría dormido con mucho gusto mediodía más, y le dijo:
-¡Vamos, levántate pronto y limpia la casa!
Después le enseñó a encender la lumbre y algo de cocina. Al cabo de unos cuantos días, cuando las provisiones se iban agotando, dijo el mendigo sentencioso:
-No podemos llevar esta vida de holgazanes. Yo volveré a pedir limosna y tú harás cestas.
Él mismo fue a buscar varillas de mimbre y se las dio para que trabajase; pero al cabo de un rato la finísima piel de sus manos delicadas se le desgarró por completo.
-¡Vamos! -dijo-. Veo que este trabajo es muy duro para ti; pero quizás sepas ganarte la vida hilando.
Y fue a buscar una rueca y cáñamo. La princesa trató de hilar; pero al cabo de un cuarto de hora tenía los dedos llenos de sangre.
-Verdaderamente -exclamó el marido- no sabes hacer nada. ¡Valiente negocio he hecho casándome contigo! En fin, quizá sirvas para comerciante: voy a comprar unos cuantos cacharros y te instalaré en el mercado.
-¿Cómo? -pensó ella-. ¿Yo, la hija del rey, voy a vender loza en público, exponiéndome a que me reconozcan los súbditos de mi padre y se burlen de mi insólita tarea?
Pero no se atrevió a oponerse, porque su marido le advirtió de una vez para siempre que, como no le obedeciera sin murmurar, la apalearía hasta que hiciera lo que le mandase.
Y hete a nuestra princesa sentada en una mala silla y ofreciendo a los transeúntes su pobre mercancía. Al principio estuvo bien porque nadie la reconoció: tanto la habían cambiado los disgustos. Sin embargo estaba aún hermosa, y puesta entre otros traficantes de figura vulgar, ella atraía todas las miradas. Vendía rápidamente su mercancía, y hasta muchas personas caritativas le daban dinero y dejaban los cacharros. Cuando lo hubo vendido todo, ella y su marido vivieron algún tiempo con la ganancia. Después fue preciso volver al trabajo, y la princesa se instaló de nuevo en una de las calles de la ciudad con una porción de objetos de loza. De pronto llegó un húsar a caballo, y como estaba borracho, lanzó su cabalgadura sobre los cacharros y los hizo mil pedazos.
Ella se echó a llorar amargamente, y temblorosa volvió al lado de su marido a contarle lo ocurrido.
-Tú has tenido la culpa -le dijo-por haberte colocado en la esquina de la calle en vez de buscar un sitio más resguardado. En fin, déjate de lágrimas, y puesto que no sirves ni aun para vender, vete a palacio, donde precisamente falta una ayudante de cocina y me han ofrecido darte la plaza. Al principio no ganarás nada más que la comida; pero como las raciones son abundantes, podrás apartarme la mía.
Así se hizo. La princesa tuvo que ocuparse hasta en los más humildes menesteres de palacio, y llevaba a la cintura dos pucheros donde ponía lo que quitaba de su ración para que comiera su marido.
Algunas semanas después hubo gran fiesta en palacio para celebrar el santo del rey. Impulsada por la curiosidad de contemplar los lugares donde en otro tiempo fue reina y señora, se permitió colocarse delante de las puertas del salón, que estaba resplandeciente de luces y donde se veía a la corte vestida de gala.
La infortunada princesa contemplaba aquel espectáculo con indecible angustia y maldecía su funesto orgullo, al cual debía su desgracia.
De pronto un príncipe de dorados vestidos salió de entre los invitados, y dirigiéndose hacia ella, la tomó de la mano y la invitó a bailar. ¡Cuál no sería su sorpresa al reconocer en él al rey Pico de loro, del cual tan descaradamente se había burlado! Quiso huir, pero él la retuvo: hizo un esfuerzo para escapar, se rompió el cinturón, y los dos pucheros donde se encontraba la sopa, la carne y las legumbres que había apartado para su marido, cayeron al suelo con estrépito y su contenido se derramó en la alfombra.
Los asistentes soltaron la carcajada. La princesa habría preferido encontrarse a mil varas bajo el suelo, antes que sufrir aquella afrenta.
El rey Pico de loro le dijo entonces sonriendo:
-Consolaos, princesa, no lloréis, y miradme atentamente. ¿No veis que el mendigo con el cual os habéis casado y yo somos la misma persona? Yo había oído a vuestro padre hacer el juramento de que os casaría con el primer mendigo que llegase a palacio, y por eso me disfracé de mendigo. Primero con una barba postiza y después con la mía, que he dejado crecer, he tapado la barba de loro de que tanto os reísteis. También era yo el que vestido de húsar rompió vuestra loza. Pero hoy que vuestro orgullo ha desaparecido y habéis lamentado vuestra falta, vais a dejar de sufrir, presentándoos como la esposa del poderoso rey Pico de loro.
En esto el padre de la princesa se aproximó con toda la corte, y al enterarse de lo que ocurría, abrazó tiernamente a su hija, la cual lloraba de alegría. Marchóse ésta, después con sus doncellas, y volvió a salir con uno de sus más bellos trajes a tomar parte en la fiesta.
Al día siguiente se celebraron las bodas con grande ostentación.
Autor desconocido .

Los corruptos traficantes de influencias




Los corruptos “Traficantes de Influencias”

#LaCuartaTransformaciónVa


Una dura calificación para el ala conservadora, empeñada en hacer descarrilar el proyecto de Cuarta Transformación, por los medios que sean.
"Ni siquiera son empresarios. Se trata de traficantes de influencias"
Esa es la verdadera definición de quienes se empeñan en revivir el cadáver neoliberal, liquidado en las pasadas elecciones presidenciales.
Traficantes de influencias acostumbrados a realizar grandes "negocios" en asociación con las autoridades federales, estatales y municipales. Pésimos empresarios que jamás arriesgaron capitales propios.
El dinero del erario era utilizado para impulsar proyectos que dejaban una ganancia desproporcionada. La corrupción fue el sello que marcó a cada una de estas obras de bajísima calidad y pésima ejecución.
Estos "no empresarios" son los que hoy en día orquestan la guerra sucia que intenta restar legitimidad al gobierno del presidente López Obrador.
Su interés no está en el desarrollo del país, ni en la creación de empleo, como pregonan a diario.
Los empresas que presionan en este momento para que regrese en el corto plazo un gobierno de corte neoliberal, en realidad son pocas.
No se constituyen en modo alguno en motor económico del país. Su presencia dentro del sector no es determinante.
Son propiedad de empresarios acostumbrados a la ganancia abundante y rápida. No al trabajo constante que rinde frutos al final de un proceso productivo laborioso.
A estos traficantes de influencias les gustan los negocios que se tratan y acuerdan "en lo oscurito", donde la tajada de cada participante es grande. Ahí no hay necesidad de invertir dinero propio. Todo corre por cuenta del presupuesto público y nadie exige un trabajo de calidad.
Los traficantes de influencias extrañan estas oportunidades inmejorables, para hacerse más ricos de la noche a la mañana.
Son negocios en los que no existe riesgo alguno y en los cuales, el dinero requerido, así como la ganancia mal habida, salen del bolsillo del pueblo.
Si México no se encuentra en una situación difícil, en momentos en que la salud y la economía sociales, se ven golpeados por la pandemia de Covid-19, se debe en mucho a las medidas que desde hace más de un año se tomaron para erradicar la corrupción en los altos niveles de la administración pública.
Hay recursos financieros suficientes para hacer frente al gasto extraordinario que significan lo casos de contagio que registra la epidemia. El sector salud ha sido reforzado en todos sus niveles, para brindar atención de calidad a los enfermos.
Y esto se ha conseguido gracias al buen aprovechamiento del presupuesto público y a la eliminación de toda corrupción en la administración federal.
Hoy preguntaron al presidente López Obrador en la conferencia mañanera, si estaba dispuesto a apoyar a la industria de la construcción, avalando los créditos foráneos que pudiera conseguir para reactivar esa actividad productiva.
El gobierno no puede comprometer el presupuesto del pueblo, apoyando la contratación de deuda por parte de particulares, respondió el presidente. Si estos empresarios desean financiarse de esa manera, deberán asumir su responsabilidad particular, en lo que respecta a las garantías que deben respaldar el crédito, así como al compromiso de pago contraído.
No habrá rescate empresarial, para quienes no pueden cumplir sus compromisos particulares y dejen al final al gobierno como único responsable del pago de la deuda.
Esto es lo que no quieren entender los traficantes de influencias. Ya no hay negocio posible con el gobierno de la Cuarta Transformación. Y al decir negocio nos referimos al trato sucio, basado en la corrupción, que permitía hacer fortunas sólidas de la noche a la mañana, sin necesidad de cumplir con las obras, o brindar los servicios que se habían contratado.
Cuando escuchamos a Claudio X González, o a Gustavo de Hoyos Walther y demás integrantes de la COPARMEX, o recientemente a la gente que conforma el Consejo Coordinador Empresarial, de inmediato nos viene a la mente la idea de que nos están hablando verdaderos empresarios.
Gente honesta que defiende sus intereses legítimos y que ven más apropiado para sus negocios, un gobierno de corte neoliberal.
Esa es la impresión que pretenden vendernos.
Puede ser que algunos de ellos efectivamente se interesen en el bienestar de sus empresas. Pero es también cierto, que buena parte de estos personajes, disfrutaron en el pasado reciente, de los altos niveles de corrupción que permitían los gobiernos neoliberales.
Fueron parte de la corrupción que arruinó al país y condeno a la pobreza extrema a millones de mexicanos.
Son culpables también del hambre de millones de mexicanos, puesto que el dinero que hoy esconden en paraísos fiscales, estaba destinado originalmente al bienestar social.
La violencia desatada a lo largo y ancho del país, también es responsabilidad de estos traficantes de influencias, puesto que aplaudieron y avalaron a gobiernos corruptos, que incluso tuvieron en tiempos de Felipe Calderón, un secretario de seguridad pública, que actuaba como sicario de un determinado grupo delincuencia.
La guerra de lodo que pagan a diario estos traficantes de influencias, también se cubre con los recursos que en el pasado sustrajeron, vía corrupción del presupuesto público.
En realidad, están pagando esta campaña de desprestigio en contra del gobierno de la Cuarta Transformación y del presidente López Obrador, con dinero del pueblo, puesto que el origen de esos recursos es ilícito.
No debemos pensar que son verdaderos empresarios quienes dirigen la ofensiva en contra del gobierno actual y a favor del regreso del neoliberalismo al país. No lo son de manera alguna.
Son los antiguos beneficiarios de la corrupción. Se trata de los que se hicieron ricos, o incluso inmensamente ricos durante el periodo neoliberal.
Son ellos los que intentan engañar al pueblo, después de haberlo robado, con frases mentirosas como "defensa de las libertades", "defensa de la libertad de pensar diferente", "defensa de la democracia" y muchas otras igual de falsas.
Cada que escuchemos a estos predicadores del neoliberalismo, tengamos presente que estamos ante los traficantes de influencias del pasado, que quieren regresar el tiempo al momento en que fueron dueños de gobiernos que solo les servían de cómplices o floreros.
Ahí hacían y deshacían a su antojo.
En tiempos de la Cuarta Transformación, les bajaron la cortina y les advirtieron:
"¿Quieren ganar dinero?, TRABAJEN"

                                                              Malthus Gamba

 

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