miércoles, 13 de mayo de 2020
La otra epidemia
La otra epidemia
Por JESÚS SOSA CASTRO
En lo que va de la pandemia, cinco veces he caído en insomnio nocturno. Leo hasta que vuelve el sueño o después de que no encuentro nada importante en la televisión. En la mayoría de los canales lo que aparece es basura, banalidad, violencia y muerte. Lo mismo ocurre en la mayoría de las redes sociales y en la prensa escrita. Supuran mentiras, dan asco. No es la recurrencia de las conferencias diarias al través de las cuales, se informa de los problemas del país, de los distintos apoyos económicos a los sectores vulnerables y sobre los estragos, contagios y muertes que, en el país, está generando el coronavirus. Me refiero al amarillismo, a las mentiras y a las vilezas que en forma de baba maloliente destilan los adversarios del gobierno
Conozco la posición política y la apertura democrática del presidente. ¡Las respeto y comparto la libertad de opinión y el ejercicio de la democracia! Pero los opositores no hacen política, no defienden un proyecto económico, defienden sus intereses, sus privilegios, violan las leyes fiscales, se agrupan para cometer delitos de sedición, transgreden el Artículo 130 del Código Penal Federal y subvierten la voluntad de más de treinta millones de electores que votamos por López Obrador. El Frente Nacional Anti AMLO, FRENA, que encabezan Martín Bringas, Felipe Calderón, Gilberto Lozano y Ferris de Con, babea odio, estupidez y desestabilización. Los mueve su rencor y su frustración contra el presidente, y eso, hay que enfrentarlo como si se tratara de otra epidemia. Han contribuido al empobrecimiento de la gente, le han inoculado la cultura del individualismo, de la competencia, le han quitado valores y sentimientos
Hay una franja social que se conduce con una absoluta pérdida de valores y de falta de identidad nacional. Su quehacer nos produce cólera e insomnio debido a que personeros de la ultraderecha suben y bajan hablando de la organización de un golpe de Estado en contra del Ejecutivo Federal. Es urgente la necesidad de pararlos para hacer posible un cambio real que impida que en este país vuelva la inequidad, la corrupción y el avasallamiento. Con muchos recursos económicos y sin afectación a ninguno de sus derechos, los ultrosos se organizan para quitar del poder al presidente
No somos pocos los que pensamos que después de la pandemia del coronavirus, algo importante tiene que ocurrir en nuestro planeta. Sería ideal cambiar el sistema económico social que padece la humanidad. El neoliberalismo no salvó al mundo de la pobreza, ha demostrado que fue incapaz de darle seguridad económica, educación, salud y cultura a los seres humanos. Lo que ha producido es hambre, desempleo, pobreza, latrocinios, enfermedades y guerras. Hay quienes dicen que ha llegado el momento de acabar con el capitalismo. No estoy seguro que este planteamiento sea posible aun derrotando al neoliberalismo
El miedo y la incultura que nos impuso el gran capital, han procreado una resistencia social a nivel mundial que ilusoriamente nos lleva a pensar en la disyuntiva de caminar por El mundo feliz de Aldous Huxley o por la distopía de una sociedad indeseable que reseñó George Orwell en su libro 1984. Por desgracia, la lucha por la soberanía de las naciones, la lucha por la libertad y por la democracia, tiene a muchos líderes y a muchos pueblos con un nivel educativo por debajo de lo normal. Roger Waters, el culto y progresista vocalista de Pink Floyd dice que muchos de los que gobiernan el mundo no solo están locos, tienen en sus manos el control de los medios, los recursos materiales y una gran ignorancia de la gente para acabar con cualquier intento de cambiar las cosas en el mundo
De lo que estoy cierto es que pronto surgirán condiciones para nuevas formas de convivencia política, económica y social. Surgirá una cultura arropada por el humanismo, la solidaridad y el apoyo mutuo. Se abrirán paso otros valores y florecerán otras formas de relacionarse con nuestros semejantes. En el centro de nuestro universo estarán los seres humanos, sus tradiciones, sus costumbres y sus culturas. El trabajo, la salud y la educación serán dignificados y dejarán de ser una mercancía. Abriremos espacio a la ayuda solidaria y desaparecerá el consumismo enajenante. Lucharemos por un nuevo modelo económico, volveremos a los valores y principios que han hecho grande al pueblo mexicano. Abriremos las fronteras a la fraternidad universal y a la pluralidad cultural. Viviremos en democracia en un México diferente. Nunca más mandarán los que nos han robado y han sembrado la discordia. Seremos un país donde habrá paz, justicia, igualdad, bienestar y libertad. Seremos, sin duda, un pueblo y un gobierno diferentes
domingo, 10 de mayo de 2020
miércoles, 6 de mayo de 2020
martes, 5 de mayo de 2020
jueves, 30 de abril de 2020
El Rey Pico de Loro
EL REY PICO DE LORO
Un rey tenía una hija maravillosamente bella, pero al mismo tiempo altanera y llena de orgullo. A todos los pretendientes que se presentaron los rechazó con desprecio. Entonces su padre dispuso una gran fiesta y reunió en la sala más grande de palacio a todos aquellos que, atraídos por un anuncio que había hecho publicar, tenían aún atrevimiento para aspirar a la mano de una princesa tan altiva como bellamente agraciada.
Los pretendientes estaban colocados según su categoría: primero los reyes, después los príncipes, duques, condes y por último los gentileshombres.
El rey hizo llamar a su hija para que escogiera marido entre ellos, y ella les pasó revista a todos, y los rechazó con desdén: ni uno siquiera fue de su agrado.
-¡Qué tonel! -exclamó a la vista de un príncipe que era muy corpulento-. ¡Vaya una espingarda! -dijo al mirar a un duque alto y delgado-. ¡Parece usted un ladrillo! -dijo a un bravo conde que tenía los colores algo fuertes; y así con los demás.
Pero del que más se burló y más despiadadamente, fue de un rey que tenía la barba algo saliente.
-¡Qué cara tan horrible! -dijo ella riendo-. ¡Tiene la barbilla como el pico de un loro!
Y al joven rey le quedó el mote de Pico de loro.
El padre de la princesa, cuando vio que su hija desdeñaba a todos los pretendientes, montó en cólera y juró que la casaría con el primer mendigo que se presentara ante las puertas de su palacio.
Dos días después un infeliz tocador de guitarra fue allí a pedir limosna. El rey le hizo conducir a su presencia, al mismo tiempo que mandaba llamar a su hija.
El mendigo, que vestía un traje hecho jirones, tocó dos o tres piezas.
Tu música me ha gustado tanto -dijo el rey-, que te caso con mi hija.
Inútil fue que la princesa llorase y gritase; el rey, mostrando gran fortaleza de carácter, permaneció inflexible en su decisión.
-Lo he jurado -dijo-. Al ver que despreciabas a los reyes más poderosos, juré que te casaría con el primer mendigo que llegase.
Y, en efecto, se llamó al cura y se celebró el matrimonio en el acto- Después de la ceremonia, el rey dijo a su hija:
-Aquí no tienes nada que hacer, tu deber es seguir a tu marido; conque, buen viaje.
El mendigo se llevó a su mujer, que triste y desolada iba detrás de su marido. Atravesaron un gran bosque y la princesa preguntó:
-¿De quién es esto?
-Del rey Pico de loro.
-¡Ay de mí! ¿Por qué no me habré casado con él? -murmuró tristemente.
Después llegaron a una inmensa llanura donde los campos cubiertos de mieses se extendían hasta perderse de vista.
-¿De quién es esta hermosa posesión? -volvió a preguntar la princesa.
-Del rey Pico de loro.
-¡Ay de mí! ¿Por qué no me habré casado con él?
Pasaron luego junto a una grande y hermosa ciudad.
-¿A quién pertenece esta hermosa población? -preguntó ella.
-Al rey Pico de loro.
-¡Ay de mí! ¿Por qué no seré yo su mujer?
-Oye -dijo el mendigo-, ya has acabado de lamentarte. Tu marido soy yo ahora, y esas quejas me molestan soberanamente; que no vuelva a oírtelas.
Por último llegaron a una cabaña de miserable apariencia, y el mendigo se detuvo.
-¿Dónde estamos? -preguntó la princesa.
-En nuestra casa -contestó él-; ésta es mi habitación.
-Pero no veo tus criados.
-¡Criados! No tengo ninguno. Hasta aquí me servía yo mismo; pero ahora te encargarás tú de hacerlo. Vamos, enciende la lumbre y pon agua para hacer la comida, porque tengo un hambre espantosa.
Pero la princesa, que no había hecho en su vida más que algunos bordados, no sabía cómo arreglarse, y el mendigo tuvo que decirle lo que tenía que hacer, y aun con eso se dio tan mala maña, que el pobre hombre tuvo que hacer la comida. Después, rendidos por la fatiga se acostaron.
Al amanecer despertó a la princesa, que habría dormido con mucho gusto mediodía más, y le dijo:
-¡Vamos, levántate pronto y limpia la casa!
Después le enseñó a encender la lumbre y algo de cocina. Al cabo de unos cuantos días, cuando las provisiones se iban agotando, dijo el mendigo sentencioso:
-No podemos llevar esta vida de holgazanes. Yo volveré a pedir limosna y tú harás cestas.
Él mismo fue a buscar varillas de mimbre y se las dio para que trabajase; pero al cabo de un rato la finísima piel de sus manos delicadas se le desgarró por completo.
-¡Vamos! -dijo-. Veo que este trabajo es muy duro para ti; pero quizás sepas ganarte la vida hilando.
Y fue a buscar una rueca y cáñamo. La princesa trató de hilar; pero al cabo de un cuarto de hora tenía los dedos llenos de sangre.
-Verdaderamente -exclamó el marido- no sabes hacer nada. ¡Valiente negocio he hecho casándome contigo! En fin, quizá sirvas para comerciante: voy a comprar unos cuantos cacharros y te instalaré en el mercado.
-¿Cómo? -pensó ella-. ¿Yo, la hija del rey, voy a vender loza en público, exponiéndome a que me reconozcan los súbditos de mi padre y se burlen de mi insólita tarea?
Pero no se atrevió a oponerse, porque su marido le advirtió de una vez para siempre que, como no le obedeciera sin murmurar, la apalearía hasta que hiciera lo que le mandase.
Y hete a nuestra princesa sentada en una mala silla y ofreciendo a los transeúntes su pobre mercancía. Al principio estuvo bien porque nadie la reconoció: tanto la habían cambiado los disgustos. Sin embargo estaba aún hermosa, y puesta entre otros traficantes de figura vulgar, ella atraía todas las miradas. Vendía rápidamente su mercancía, y hasta muchas personas caritativas le daban dinero y dejaban los cacharros. Cuando lo hubo vendido todo, ella y su marido vivieron algún tiempo con la ganancia. Después fue preciso volver al trabajo, y la princesa se instaló de nuevo en una de las calles de la ciudad con una porción de objetos de loza. De pronto llegó un húsar a caballo, y como estaba borracho, lanzó su cabalgadura sobre los cacharros y los hizo mil pedazos.
Ella se echó a llorar amargamente, y temblorosa volvió al lado de su marido a contarle lo ocurrido.
-Tú has tenido la culpa -le dijo-por haberte colocado en la esquina de la calle en vez de buscar un sitio más resguardado. En fin, déjate de lágrimas, y puesto que no sirves ni aun para vender, vete a palacio, donde precisamente falta una ayudante de cocina y me han ofrecido darte la plaza. Al principio no ganarás nada más que la comida; pero como las raciones son abundantes, podrás apartarme la mía.
Así se hizo. La princesa tuvo que ocuparse hasta en los más humildes menesteres de palacio, y llevaba a la cintura dos pucheros donde ponía lo que quitaba de su ración para que comiera su marido.
Algunas semanas después hubo gran fiesta en palacio para celebrar el santo del rey. Impulsada por la curiosidad de contemplar los lugares donde en otro tiempo fue reina y señora, se permitió colocarse delante de las puertas del salón, que estaba resplandeciente de luces y donde se veía a la corte vestida de gala.
La infortunada princesa contemplaba aquel espectáculo con indecible angustia y maldecía su funesto orgullo, al cual debía su desgracia.
De pronto un príncipe de dorados vestidos salió de entre los invitados, y dirigiéndose hacia ella, la tomó de la mano y la invitó a bailar. ¡Cuál no sería su sorpresa al reconocer en él al rey Pico de loro, del cual tan descaradamente se había burlado! Quiso huir, pero él la retuvo: hizo un esfuerzo para escapar, se rompió el cinturón, y los dos pucheros donde se encontraba la sopa, la carne y las legumbres que había apartado para su marido, cayeron al suelo con estrépito y su contenido se derramó en la alfombra.
Los asistentes soltaron la carcajada. La princesa habría preferido encontrarse a mil varas bajo el suelo, antes que sufrir aquella afrenta.
El rey Pico de loro le dijo entonces sonriendo:
-Consolaos, princesa, no lloréis, y miradme atentamente. ¿No veis que el mendigo con el cual os habéis casado y yo somos la misma persona? Yo había oído a vuestro padre hacer el juramento de que os casaría con el primer mendigo que llegase a palacio, y por eso me disfracé de mendigo. Primero con una barba postiza y después con la mía, que he dejado crecer, he tapado la barba de loro de que tanto os reísteis. También era yo el que vestido de húsar rompió vuestra loza. Pero hoy que vuestro orgullo ha desaparecido y habéis lamentado vuestra falta, vais a dejar de sufrir, presentándoos como la esposa del poderoso rey Pico de loro.
En esto el padre de la princesa se aproximó con toda la corte, y al enterarse de lo que ocurría, abrazó tiernamente a su hija, la cual lloraba de alegría. Marchóse ésta, después con sus doncellas, y volvió a salir con uno de sus más bellos trajes a tomar parte en la fiesta.
Al día siguiente se celebraron las bodas con grande ostentación.
Autor desconocido .
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